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Parece que desde Fray Luis Zapata de Cárdenas, ofm (1573-1590), los arzobispos de Bogotá habitaron de preferencia en la  cuadra de la actual calle 11 que da frente a la puerta falsa de la Catedral. Será el décimo cuarto arzobispo, don Antonio Claudio Álvarez de Quiñones, (1731 – 1736) quien, casi en vísperas de su muerte, compró los inmuebles contiguos a la Casa de la Moneda, que eran propiedad de José Prieto de Salazar, Capitán y Regidor perpetuo de la capital, según consta en escritura pública del 22 de marzo de 1736.

Fueron sus inmediatos sucesores los que llevaron a cabo la obra de construir el Palacio Arzobispal, que ciertamente no fue suntuoso. De hecho, cuando el arzobispo Caballero y Góngora (1779-1789) que venía de Yucatán, entró a Santafé, tuvo que mandar amoblar de nuevo el Palacio Arzobispal, haciendo colocar los vidrios, puertas y ventanas que escaseaban. Mandó preparar un oratorio con altar y con  dos retablos de Murillo, representando a san José y a la Virgen María.  La sala de recibo fue revestida en su interior con papel de lujo, se compró nueva cristalería y los anaqueles de la biblioteca se llenaron de importantes libros.

A pesar de ello, el sucesor del arzobispo Caballero y Góngora no habitó el Palacio Arzobispal, sino que compró una casa en la esquina noroeste del cruce de la actual carrera sexta con la calle once.  En efecto, don Baltasar Jaime Martínez de Compañón, vigésimo cuarto arzobispo (1791-1797), basó esta decisión en que antes de tomar posesión de su sede, tuvo información fidedigna según la cual el Virrey tenía pensado ampliar la Casa de Moneda incorporando el Palacio Arzobispal. Cuando efectivamente el virrey Ezpeleta hizo tal petición, el Capítulo se opuso, pero a pesar de ello, don Baltasar Jaime Martínez continuó residiendo en la casa que había adquirido y que encontraba más cómoda por hallarse  más próxima a la Catedral, con entrada por la puerta falsa.

Con los procesos de independencia y los traumas de la guerra, las consecuencias se notaron también en la estructura del Palacio, de tal manera que cuando entró en 1835 el arzobispo Mosquera a tomar posesión de su sede, el estado de la casa arzobispal era lamentable. De hecho, a pesar de las reparaciones que se hicieron, “amenazaba ruina” cuando vino al habitarla monseñor Vicente Arbeláez (1868-1884).  Por eso, el nuevo Arzobispo se propuso restaurarla por entero, bajo la dirección del arquitecto Bartolomé Monroy, luego de que se hubo clausurado el Concilio provincial neogranadino (1870).  Las obras de decoración se prosiguieron después de la muerte de monseñor Arbeláez hasta 1930, incluyendo la fachada, la escalinata, el vestíbulo, las antecámaras y las demás dependencias que rodeaban el patio principal. También se cuidó de ampliar, actualizar y modernizar el archivo (una completa reseña escrita en 1930 fue publicada en La Iglesia 1948, pp. 225-233). Todos estos esfuerzos se volvieron cenizas cuando ardió el 9 de abril de 1948.

Tras los fatídicos hechos, monseñor Ismael Perdomo trasladó su residencia al Seminario Mayor cuya construcción estaba siendo terminada en el barrio Chicó. Allí murió en olor de santidad el 3 de junio de 1950.

La construcción del nuevo Palacio Arzobispal se hizo prioritaria y muchos ánimos se volcaron para unir esfuerzos y hacerla posible. En primer lugar el lote que ocupó el Palacio se vendió al Banco de la República para ampliar la Casa de la Moneda. Se aceptó la donación de doña Margarita Herrera de Umaña y de su hija Inés, de la casa de la esquina suroriental de la Plaza de Bolívar, llamada en la época colonial “Casa de la  Aduana” y más recientemente “Casa del atrio de la Catedral”; se adquirió la casa contigua, propiedad de don Alberto Suárez y los locales de la Casa del atrio que pertenecían a la Señora Gutiérrez de Hererich. Finalmente “para cuadrar el lote y darle salida por la Plazuela de san Ignacio”, se adquirió la casa de la Sociedad de San Vicente de Paúl. Los estudios comenzaron ya en 1949, pero luego se suspendió el proyecto. En 1951 la firma Esguerra, Sáenz, Urdaneta, Suárez, Ltda., con Álvaro Sáenz Camacho como gerente, concretó el proyecto que tuvo que enfrentar la protesta de otros arquitectos por la necesidad de demoler la Casa de la Aduana,dada la imposibilidad de adaptarla para la casa arzobispal.

El 29 de septiembre de 1952 fue bendecida por el arzobispo Crisanto Luque la primera piedra del edificio y se dio comienzo a su construcción.  La armonía fue el principio orientador de toda la obra: no romper con la arquitectura predominante en todo aquel sector de la capital y especialmente con la Plaza de Bolívar y sus edificaciones principales: La Catedral Primada, la Capilla del Sagrario y el Capitolio Nacional. Con el aporte de los fieles, de numerosas instituciones y del Gobierno Nacional se superaron con éxito los escollos presupuestales, de  tal manera que para el 18 de octubre de 1957  la casa arzobispal estaba prácticamente terminada. El viernes 7 de marzo de 1958 el cardenal Luque bendijo el Palacio Arzobispal y de inmediato comenzaron a funcionar allí todas las oficinas de la Curia Primada.